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John Singer Sargent, Henry James y los sensuales y distantes

Aunque pertenecía a una familia estadounidense, el destino quiso que John Singer Sargent naciera en Florencia en 1856. Parece que fue refinado y sensible desde niño y no conoció el país de sus padres hasta que cumplió los veinte años: su infancia transcurrió deambulando, por supuesto junto a los suyos, por Francia, Italia, Suiza, Austria o Alemania; su padre, que era médico, abandonó el oficio y todos salían adelante con una renta modesta que no impidió al artista hablar, pronto y con fluidez, francés e italiano, manejarse con el alemán y asistir, junto a sus dos hermanas, a clases de piano y baile. Según testimonios, su progenitor quería que se uniese a la marina americana, pero su madre, más avispada, estaba segura de que su único hijo varón se convertiría en artista.

Cuando era adolescente ingresó Sargent en la Academia de Bellas Artes florentina, solo unos años antes de trasladarse a París, donde pudo formarse en el taller de Carolus-Duran, de quien llevó a cabo el que sería uno de sus mejores retratos. Su maestro era un gran admirador de Velázquez y enseñaba a sus estudiantes a no utilizar dibujos ni esbozos a la hora de preparar sus composiciones, pero sí les insistía en que realizaran los planos principales de los rostros sobre los lienzos en blanco, con pincel ancho. También, según manifestaron otros de sus alumnos, incidía en la importancia de capturar los flujos de luz sobre las superficies, buscando entonaciones y prestando atención a lo que brillaba y fluía en lugar de a las masas o volúmenes y a las estructuras tonales muy delineadas.

John Singer Sargent. Dr. Pozzi at Home, 1881. Hammer Museum, Los Ángeles

En esa etapa parisina, sería Sargent muy productivo (en realidad, fue prolífico hasta su muerte); corría 1877 cuando una de sus hermanas escribió a un amigo que trabajaba literalmente como un burro, de la mañana a la noche; otros también lo hacían, pero diferenciaba a Sargent, sobre todo, de sus condiscípulos su vestimenta elegante y su trato educado. No tardaría en comenzar a exponer en el Salón (1878), exhibiendo retratos de sujetos que pueden parecernos a la vez cercanos y distantes: sus rostros transmitían sensación de vida, pero también un desapego refinado. Además, su empleo de la indumentaria era evidentemente teatral, al igual que las poses de sus figuras. El resultado se situaba, así, entre la claridad y el misterio: los sujetos parecen quedar expuestos al espectador, pero también mantener una oculta vida interior propia y poseer un sentido de la lejanía irremediablemente atrayente. Por todas estas razones, Sargent ya era un retratista de moda en la meca del arte cuando rondaba los veinticinco.

Entre sus modelos potenciales cundía la idea de que posar para él no era precisamente fácil: no adulaba a estos personajes, por más que a menudo fueran célebres o prestigiosos, y se extendió el convencimiento de que aceptar que este autor lo retratara a uno equivalía a “dar la cara”. Lo pudo comprobar Madame Pierre Gautreau (Madame X), cuyo retrato se expuso en 1884 en el Salón generando mucha indignación por la teórica osadía de su vestido escotado y la altivez del rostro de la mujer. Llegó a escribir un crítico: El perfil es puntiagudo, el ojo microscópico, la boca imperceptible, el color pálido, el cuello fibroso, el brazo derecho está desarticulado, la mano flácida como sin huesos.

Es bien sabido que, en la pintura original, uno de los tirantes colgaba, pero tras el escándalo de estas reacciones -que llegaron a ofender, y mucho, a la modelo y a su familia- ese tirante fue repintado y colocado en su sitio.

John Singer Sargent. Madame X (Madame Pierre Gautreau), 1883–1884. The Metropolitan Museum of Art

En el mismo año en que realizó esta obra (1883-1884), Sargent conoció en la capital francesa a un escritor con quien tenía mucho en común: Henry James, que sería uno de sus grandes defensores. Él lo animó a trasladarse a Inglaterra, donde le abriría camino; los dos, en el fondo, eran estadounidenses en Europa y habían vivido buena parte de su infancia en el extranjero; eran solteros, trabajadores y discretos con sus respectivas vidas privadas. También les gustaba la vida social (más a James, gran conversador, que a Sargent, que se dijo que tendía a permanecer en silencio) y les interesaban las mujeres preocupadas por la moda; hacían frente a su desarraigo viajando entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos y sabían parecer anticuados o modernos según las circunstancias, preocupados a la vez por las apariencias y las psicologías.

Apunta Colm Tóibín, en su libro de escritos sobre arte La mirada cautiva, que en el relato de James El alumno podemos encontrar elementos de la niñez de los dos: la familia de los Moreens, en ese texto, tenía una familiaridad profesional con las ciudades continentales, la madre solo pintaba, y el hijo se preguntaba si los suyos eran ricos o eran pobres porque un día parecían vivían como embajadores y, al siguiente, como indígenas. Además, el autor de Las bostonianas escribió del Sargent adulto en un ensayo extenso para Harper´s Magazine en 1887, planteando cómo clasificar su genio: Desde la época de su primer éxito en el Salón, creo que fue aclamado como un fichaje de gran valor para el campo de los impresionistas y, actualmente, muchos consideran adecuado encasillarlo bajo esa etiqueta.

John Singer Sargent. Muddy Alligators, 1917. Worcester Art Museum

Sabemos que Sargent se interesó mucho por la pintura francesa que le fue contemporánea: compró dos obras de Manet y cuatro de Monet, y con este último también mantuvo amistad, llegando a retratarlo cuando trabajaba al aire libre; sin embargo, para la mayoría de los impresionistas fue un extraño. Su forma de trabajar con luces y sombras era preimpresionista, por más que tomara rasgos de aquellos autores del movimiento a quienes admiró; de hecho, Degas no pasó de considerarlo un retratista habilidoso como tantos entonces a la moda.

Nada en él, en todo caso, era simple ni conservador: puede que fuera uno de los últimos grandes retratistas de sociedad, y que bebiera claramente de Ingres y de Velázquez, pero también aportó a su producción una evidente riqueza de texturas, un sentido compositivo agudo y propio y una potente teatralidad. Si los artistas franceses pretendían purificar formas y tonos y dotar a sus imágenes de una mayor complejidad, Sargent prefería los retratos suntuosos, esto es, contribuir a la tradición de ese género, en lugar de ponerla en cuestión. El reto era evitar que sus composiciones respondieran a una fórmula, que fueran una mera demostración de habilidad: aunque sus mujeres están bellamente vestidas y encierran mucha vida, hablamos de una vida escenificada, creada por el pintor para ellas, al igual que su sugerida sexualidad; sus hombres, igualmente, parecen haber nacido con el traje puesto y con expresiones distantes en sus rostros, exhibiendo poder aunque, en su mundo, este comenzara a apagarse. Quizá la excepción, en este último caso, sean los de Albert de Belleroche, que su autor conservó siempre; George Henschel, más suave; y W. Graham Robertson, que aparece como joven dandi (fue portada de El retrato de Dorian Gray).

John Singer Sargent. W. Graham Robertson, 1894. Tate Gallery

Las lecturas últimas quizá haya que hacerlas mirando más de cerca. Trevor Fairbrother escribió, en John Singer Sargent: The Sensualist: Sus imágenes presentan un realismo vibrante, lleno de fuerza, y al mismo tiempo, a modo de subtexto visual, proyectan con sutileza emociones, deseos e intuiciones. Pinchaba, acariciaba, manchaba, abofeteaba y arañaba sus superficies pictóricas; utilizaba colores brillantes, turbios, llamativos, peculiares y deslumbrantes. Todo ello son expresiones de un hombre cuyos instintos y apetitos eran profundamente sensuales.

John Singer Sargent. Lady Agnew of Lochnaw, 1892. National Galleries of Scotland

John Singer Sargent. Nonchaloir (Repose), 1911. National Gallery of Art, Washington

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Colm Tóibín. La mirada cautiva. Escritos sobre arte. Arcadia, 2024

Stephanie Herdrich. Sargent. Obras maestras. Ediciones El Viso, 2017

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