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Suzanne Valadon, una epopeya en Montmartre

Nacida en Bessines-sur-Gartempe, una pequeña localidad del centro de Francia, en 1865 y en el seno de una familia poco privilegiada, Suzanne Valadon (llamada en origen Marie-Clémentine) recaló en su infancia en Montmartre, cuando este barrio parisino emergía como meca de artistas de muy variados orígenes, y además de desempeñar distintos oficios, fue modelo para un buen número de creadores, a quienes por tanto vio trabajar muy de cerca antes de emprender su propia trayectoria autodidacta, en un proceso que, en sus circunstancias y en aquel momento, tuvo mucho de epopeya.

Ese es el título, “Suzanne Valadon. Una epopeya moderna”, de la muestra que hasta el próximo septiembre le brinda el Museu Nacional d´Art de Catalunya en colaboración con el Centre Pompidou-Metz y el Musée d’Arts de Nantes, bajo el comisariado de Eduard Vallès, jefe de Colecciones del MNAC, y Philip Dennis Cate, curador independiente. Concebida como antología, la primera suya en España, reúne más de un centenar de piezas entre óleos sobre tela y cartón, dibujos y grabados, esculturas en yeso y bronce y material documental destinado a acercarnos a la andadura personal de Valadon y al contexto del París vanguardista en el que se desenvolvió, codeándose con autores como Matisse o Degas y los catalanes Casas, Rusiñol y Miquel Utrillo; este último sería también su pareja y asumiría la paternidad de su hijo, el futuro pintor Maurice Utrillo. Se retrataron mutuamente en varias ocasiones (quizá la más celebre, un cartel de Utrillo para Théâtre d’Ombres Parisiennes en el que ella aparece) y su relación, aunque tempestuosa e intermitente, se prolongó algo más de una década.

No fue él, como dijimos, el único en llevarla a sus composiciones: posó para Puvis de Chavannes, Renoir, Toulouse-Lautrec, André Utter, Steinlen o Rusiñol, y Degas se refirió a su personalidad como terrible, en alusión al fuerte carácter que habría de desplegar para abrirse paso (en justicia, fue él también quien la animó a seguir su propio camino en la pintura). Sería, asimismo, musa para un buen amplio número de carteles como el de Utrillo en una época en que estos se extendían por los muros de París y de las grandes ciudades, en su mayoría protagonizados por mujeres, a veces reales y en otras ocasiones estereotipadas. El MNAC conserva muchos de ellos en su Gabinete de Dibujos, Grabados y Carteles.

Suzanne Valadon pintando en su estudio un retrato de Marie Coca, 1927. © Album Fine Art Images

Cronista de su vida y de su tiempo entre fines del siglo XIX y los prolegómenos de la II Guerra Mundial, se aproximó a diferentes movimientos de vanguardia sin adscribirse por completo a ninguno de ellos y comenzó a dibujar y grabar por cuenta propia cuando aún trabajaba como modelo (sus pinturas al óleo llegarían más tarde). La mayor parte de estas composiciones corresponden a escenas de toilettes y de una cierta intimidad, claramente en línea con las del mencionado Degas, cuya muerte en 1917 supuso un golpe para ella.

Una sección completa de esta retrospectiva en el Museu Nacional se centra en sus autorretratos, habitualmente interpretados, más en el caso de las mujeres artistas de este momento, como ejercicio de autoafirmación. Tras haber sido en múltiples ocasiones modelo, a Valadon le proporcionaban la ocasión de apropiarse de su propia imagen: los elaboró en óleo, pastel y lápiz y, en algún caso, en el marco de retratos de grupos familiares. No es su conjunto de obras más numeroso, pero sí nos permite aproximarnos a su autopercepción desde la juventud a la vejez.

Sí tendrían mayor vigencia a lo largo de su carrera aquellas escenas íntimas femeninas con las que había iniciado su producción, vinculadas a escenarios domésticos y cerrados y en las que no aparecían figuras masculinas. Captaba a mujeres en solitario o formando parejas, en atmósferas de calma y complicidad, charlando o llevando a cabo alguna actividad: este género le permitió experimentar en sus encuadres y perspectivas (estas últimas, a veces, efectistas por elevadas) y en su paleta cromática, viva y personal, pero también favorecedora de lirismo.

Suzanne Valadon. Las bañistas, 1923. Musée d’arts de Nantes.

Entre sus retratos, como dijimos su género más cultivado, aunque también llevara a cabo bodegones o paisajes, se han reunido en Barcelona algunos de sus parejas y familiares y otros de personalidades más o menos célebres, críticos y coleccionistas, que realizaría por encargo o compromiso; estos últimos vendrían a testimoniar el prestigio profesional y social adquirido por Valadon. Aunque encontramos en ellos rasgos de ismos que le eran contemporáneos, también contaban con un sello propio: colores que atraían la vista y perfiles gruesos.

Uno de los retratados por la artista fue el músico Erik Satie, con quien mantuvo una relación breve, de unos seis meses, en 1893; él conservó esta tela toda su vida y parece que fue a ella, su única pareja conocida, a quien brindó sus célebres Vexations. Quien también pintó a este compositor, delante del Moulin de la Galette, en tonalidades grises y cuando aún no había adquirido fama internacional, fue Ramón Casas; esa pintura se conserva en la Northwestern University Library, y dos de sus dibujos preparatorios, en el museo barcelonés. Por su simbolismo y su calidad, quizá sea el mejor retrato de Satie.

La exhibición finaliza de la mano de sus desnudos, el asunto en el que más profundizó en su etapa de madurez, en cuanto a número de piezas y por la experimentación compositiva (en posturas y perspectivas) que este tema le permitía. Este tipo de imágenes, de sexualidad más o menos explícita, eran habituales en este momento, pero sus artífices muy rara vez, como es sabido, eran mujeres: las de Valadon llaman nuestra atención por su naturalidad y su distancia respecto a estereotipos, probablemente rasgos vinculados al hecho de que la propia autora hubiese estado, en sus comienzos, en la posición de sus modelos.

Suzanne Valadon. La habitación azul, 1923. Centre Pompidou, Musée national d’art moderne – Centre de création industrielle, París

Especialmente ambiciosas nos resultan sus odaliscas, recostadas en divanes o sofás, con una sensualidad y un sentido decorativo que remiten claramente al orientalismo y a la exuberancia de algunos lienzos de Pierre Bonnard o Matisse. Como en sus dibujos y grabados, y buscando el contraste de texturas, alternaba figuras vestidas y desnudas. Llamativamente, el género más habitual entre las mujeres artistas de su época, el de la naturaleza muerta, no lo abordó Valadon antes de su consolidación, en los años diez y veinte, aunque aparecieran estas de manera habitual como fondo de sus retratos y desnudos evocando el cromatismo vibrante del fauvismo o de Van Gogh.

Conoció, en todo caso esta autora, el reconocimiento en vida, hecho poco frecuente entre las artistas de comienzos de siglo, y el Estado francés adquirió una primera obra suya tan pronto como en 1924. Sería tras su muerte en 1938 (Picasso y Braque acudieron a su entierro) cuando caería en un cierto olvido, hasta su recuperación algunas décadas después. Sus restos descansan en Montmartre, el lugar donde alcanzó sus logros con tesón y que también le debe a ella parte de su leyenda.

Suzanne Valadon. Mujer con medias blancas, 1924, © Nancy, Musée des Beaux Arts/ G.Mangin

 

 

“Suzanne Valadon. Una epopeya moderna”

MUSEU NACIONAL D´ART DE CATALUNYA. MNAC

Palau Nacional, Parc de Montjuïc

Barcelona

Del 19 de abril al 1 de septiembre de 2024

 

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